En agosto: El 38% del peso corporal es culpa de los genes… el 62% restante depende de nosotros

Lunes, 15 agosto 2016



La catedrática de Nutrición y Bromatología de la Universidad de Alcalá, Victorina Aguilar, desgrana en esta información algunas recomendaciones y trata de romper con algunos mitos sobre la nutrición.

 

Victorina Aguilar.

El Diario Digital de la UAH muestra en este mes de agosto algunas de las noticias publicadas durante el curso 2015-2016 que han tenido mayor repercusión y número de visitas. Un año más, el Diario ha recibido más de 200.000 visitas procedentes de 150 países.
Con el objetivo de trasladar a la comunidad universitaria y a la sociedad en general los aspectos más destacados de la Universidad de Alcalá, el Departamento de Comunicación Institucional, coordinado por el Vicerrectorado de Coordinación y Comunicación, ha llevado a cabo este curso más de 160 entrevistas y reportajes, 600 noticias generales y una treintena de vídeos informativos, que se han difundido a través del Diario Digital y las redes sociales.


El 38% del peso corporal es culpa de los genes… el 62% restante depende de nosotros


-No somos más o menos gordos porque hayamos heredado unos genes u otros: solo el 38% del peso corporal es culpa directa de los genes. Un pequeño número de casos de obesidad que suele ir acompañado de diferentes trastornos neuroendocrinos está producido por un único gen. Lo normal es que la obesidad sea poligénica, es decir, debida a un compendio de modificaciones en genes relacionados, por ejemplo, con los receptores de leptina (una hormona producida en su mayoría por los adipocitos o células grasas) o de insulina. El 62% restante depende de nosotros, de lo que se denomina epigenética: nuestros hábitos alimentarios, nuestra forma de vida y el entorno pueden afectar negativamente a nuestros genes y hacer que engordemos más. Lo que comemos, si fumamos, si bebemos alcohol, si se toman drogas, si estamos expuestos a algún tipo de contaminante ambiental… todo ello puede influir, ya que pueden producir cambios de las cadenas de ADN y alterar genes que pueden incidir en la obesidad.

-No existen analíticas milagro que determinen qué alimentos podemos o no podemos comer. Los test de intolerancia alimentaria de determinados laboratorios para elaborar dietas de adelgazamiento, como el test de Alcat, indican la posible intolerancia a determinados alimentos, pero no existen evidencias ni trabajos científicos claros que avalen este sistema para elaborar dietas de adelgazamiento. En cuanto a los análisis del perfil genético, estos sí dan información sobre la predisposición genética a ser obesos o a padecer diabetes, pero en la actualidad no son lo suficientemente amplios como para establecer una relación exacta entre nuestro peso y nuestra carga genética y poder diseñar una dieta personalizada.

-Las dietas milagro no son milagrosas. Lo único que pueden provocar son problemas fisiológicos y ‘efectos rebote’ en el momento en que se abandonan. Se adelgaza, y mucho, porque se pierde agua y glucógeno y se disminuye el metabolismo basal (es decir, el valor mínimo de energía necesaria para conservar los procesos vitales), pero no se adquieren hábitos saludables. Con lo cual, cuando se vuelve a los antiguos hábitos alimentarios se coge más peso de lo que se había perdido.

-Las dietas ricas en proteínas pueden ser peligrosas: es cierto que las proteínas tienen un mayor efecto termogénico que los hidratos de carbono o las grasas; es decir, que para utilizar las proteínas se consume más energía que para otros nutrientes y, además, las proteínas son los macronutrientes más saciantes, pero la eliminación del exceso de proteínas puede generar una sobrecarga renal. Además, entre las mujeres que se acercan a la menopausia puede agravarse la osteoporosis, ya que una dieta demasiado rica en proteínas produce acidosis metabólica (trastorno caracterizado por un aumento de la acidez del plasma sanguíneo), lo que estimula que el hueso libere calcio para ayudar a equilibrar el ácido, causando una disminución de la densidad mineral ósea.

-¿Por qué nos engorda más lo que más nos gusta?, ¿es por pura gula? Sí y no. El apetito nos hace consumir alimentos que son agradables al paladar (llamados ‘palatables’), y los alimentos más palatables son los que contienen lípidos que, a su vez, son los de mayor densidad energética.
Asimismo se ha relacionado el hecho de preferir los alimentos con mayor densidad energética con una adicción a dichos alimentos. Comidas ricas en grasas y azúcares estimulan la secreción de endorfinas y dopamina, provocando una sensación de bienestar que lleva a comer de manera compulsiva... Pero esta asociación es un tanto contradictoria y muchos autores están en desacuerdo con ella. También se asocia el consumo adictivo de azúcar con la activación de un circuito neuronal en un área del cerebro (desde el hipotálamo lateral al área tegmental ventral del cerebro) que está relacionada con la sensación de recompensa. Hay otras explicaciones a estas predilecciones. Así, en las preferencias gustativas por las grasa influye la variabilidad genética. Por ejemplo, el polimorfismo rs1761667 del gen CD36 está asociado con la percepción del sabor graso.

-No hay que confundir apetito con hambre. El hambre es fisiológica, se tiene hambre cuando los niveles de glucosa o ácidos grasos están bajos; el apetito es psicológico y puede existir incluso después de haber comido porque se desea comer por mero placer. ¿Hay alguna manera de ‘engañar a nuestro cerebro’? Sí, influyendo en algunos de los factores de los que depende el apetito. En ello se basan, por ejemplo, algunas de las estrategias destinadas a elaborar alimentos funcionales para el sobrepeso o la obesidad (alimentos funcionales son aquellos que con independencia de aportar nutrientes, han demostrado científicamente contribuir a la mejora de la salud y a reducir el riesgo de contraer enfermedades. Por ejemplo, es posible realizar una modificación tecnológica sensorial para producir saciedad aumentando el volumen de la comida para que visualmente parezca más de lo que es. También se puede disminuir la densidad energética de los alimentos sustituyendo los azúcares simples por edulcorantes no nutritivos.

-¿Sacarina o productos procedentes de la estevia sí o no?. Desde hace algunos años la sacarina y otros edulcorantes como el aspartamo están muy mal vistos. De hecho, hay estudios que advierten que pueden ser cancerígenos, aunque, algunos de estos estudios ‘no están bien diseñados’, señala la profesora.
Aguilar indica que los edulcorantes son productos que están autorizados y comercializados y, en principio, ‘las personas que lo toman deberían estar tranquilas’. Los edulcorantes derivados de la estevia, como los glucósidos de steviol (E-960), han irrumpido también en el mercado con mucha fuerza e igualmente son utilizables como sustitutos de la sacarosa ‘porque si están en el mercado es porque están autorizados por la Unión Europea desde el año 2011’.

-Después de los excesos, lo más recomendable es una dieta equilibrada que contenga todo tipo de alimentos; eso sí, con un tamaño de ración más pequeño, y completándola con buenos hábitos de vida, entre los que se incluyen el ejercicio físico diario.

 

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