Manuel Peinado Lorca, catedrático y director del Departamento de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá, analiza en esta nueva colaboración en uah.esnoticia la figura y obra de Charles Darwin, de quien se conmemora en 2009 el bicentenario de su nacimiento.

En 2009 el mundo científico celebrará el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin (1809-1882) y lo hará en un momento en que arrecian los ataques contra su teoría, transformados ahora en ese nuevo disfraz del viejo creacionismo fundamentalista y reaccionario que iniciara el obispo Samuel Wilberforce un 30 de junio de 1860, y que nos llega ahora desde América de la mano de los neocons y con la máscara del “diseño inteligente”. Preparándonos para el bicentenario, comienzan algunos interesantes movimientos que nos permiten columbrar la vasta obra científica del naturalista inglés y el poco conocimiento que de la misma se tiene en nuestro país.
Si no hubiera sido por su afortunada pero imprevista decisión de navegar alrededor del mundo (“el hecho más importante que ha decidido toda mi carrera”, escribió a su amigo T. H. Huxley), Darwin hubiese sido un desconocido cura rural que, dada su meticulosa y casi mórbida capacidad de observar los fenómenos naturales, quizás hubiese tenido un pequeño lugar en la historia de la biología. Pero su capacidad innata de observación, educada y acrecentada durante el viaje de cinco años (1831-1836) en el buque de investigación naval HMS Beagle, junto con la lectura accidental en 1858 del Ensayo sobre el principio de la población, de Thomas Malthus, le permitieron formular una teoría sólidamente fundamentada y extraordinariamente confirmada en sus predicciones, que se ha constituido como una piedra angular del pensamiento contemporáneo, iniciando con ello una revolución conceptual cuyas consecuencias perviven hasta nuestros días.
Escribió Marcel Proust que hay menos ideas que hombres, pero no es menos cierto que las ideas de unos pocos hombres llenan el vacío intelectual de otros muchos. Y eso es lo que ocurrió con Darwin: a partir de un joven atolondrado “que sería la vergüenza de su familia” en palabras de su propio padre, a partir de un seminarista timorato creyente en el origen divino de la creación, aquel viaje forjó un naturalista agnóstico cuyas ideas cambiarían el mundo y servirían de punto de partida para la tarea intelectual todavía inconclusa de varias generaciones de académicos, científicos y pensadores.
Las obras completas de Darwin, que incluyen las más de 9.000 páginas impresas de sus libros, innumerables manuscritos, todos sus artículos en revistas y la mayor parte de su correspondencia privada, están disponibles, desde el pasado mes de abril y por primera vez, en la red (http://darwin-online.org.uk). Por su parte, Alberto Gomis y Jaume Josa acaban de publicar en la editorial del CSIC su Bibliografía crítica ilustrada de las obras de Darwin en España (1857-2005), que, más allá de su importancia como imprescindible referencia bibliográfica, nos ruboriza al comprobar que la mayor parte de los libros del naturalista inglés siguen inéditos en lengua española. Recordando el éxito de uno de los textos científicos más trascendentes de todos los tiempos, El origen de las especies por medio de selección natural, o la preservación de especies favorecidas en la lucha por la vida (1859), Darwin escribió en su autobiografía que el libro "ha sido traducido a casi todos los idiomas, incluso a algunos como el español, el bohemio, el polaco o el ruso" (Autobiografía y cartas escogidas, Alianza Editorial, 1977). Poco más se ha hecho desde entonces: de los 17 libros publicados por el científico inglés sólo se han traducido El origen de las especies, El origen del hombre, El viaje de un naturalista, La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, y La estructura y distribución de los arrecifes de coral. Por eso, estamos de enhorabuena al conocer la decisión de la editorial navarra Laetoli de comenzar una Biblioteca Darwin con la publicación el pasado mes de abril de La fecundación de las orquídeas, una obra en cuyo prólogo el director de la colección, el profesor de la Universidad de Valencia Martí Domínguez, anuncia su intención de dar a conocer en español el resto de la obra del naturalista inglés.
Si exceptuamos sus primeros trabajos como geólogo en ciernes –fue discípulo predilecto de Charles Lyell, cuyos Principios de Geología sentaron las bases de la geología moderna- toda la obra de Darwin está encaminada a sostener una teoría que él, un conservador burgués convertido muy a su pesar en un revolucionario de las ideas, sabía que resultaba escandalosa en los puritanos tiempos del victorianismo inglés. Tanto su trabajo sistemático sobre los percebes (A monograph of the sub-class Cirripedia, with figures of all the species, 1852-1854) que le ocupó obsesivamente durante los años previos a la publicación de El origen de las especies, como el tratado sobre la reproducción de las orquídeas, se sitúan en esa línea de meticuloso apuntalamiento de su teoría de la evolución. Pero si el estudio de esos aburridos crustáceos que son los inmóviles cirrípedos le produjo un inmenso hartazgo (“odio al percebe como ningún hombre lo ha odiado jamás” afirmó al concluir su monografía), el estudio de la sexualidad de las orquídeas y de las maravillosas estratagemas elaboradas por ellas para seducir como enamorados a sus insectos polinizadores, le satisficieron enormemente: “No se puede imaginar el placer que me ha proporcionado el estudio de las orquídeas”, escribió en una carta a su amigo el botánico inglés Joseph Dalton Hooker.
Aunque no hubiera escrito el Origen de la especies y otras obras anteriores, Darwin hubiera sido uno de los más destacados biólogos del siglo XIX por el sólo crédito de su trabajo como botánico. De hecho, en vida, su prestigio en Francia, país que se resistió largo tiempo al tsunami evolucionista, se basó principalmente en sus publicaciones botánicas y fue elegido académico correspondiente de la Academia francesa para la Sección Botánica. En un breve ensayo publicado en 1899 (The botanical work of Darwin), Francis Darwin distinguió dos períodos en la labor botánica de su padre, uno de tendencia evolucionista y otro claramente ecofisiológico. Esta división es muy acertada, puesto que si bien es cierto que existe una continuidad de motivo a lo largo de todos los trabajos de Charles Darwin, que trasciende de la variación de temas, el cambio desde la fase evolutiva a la ecofisiológica constituye una transición muy significativa en el método de abordar el problema. La tarea del período evolutivo, cuyo punto culminante es El origen de las especies, consistió fundamentalmente en observación, compilación de datos propios y ajenos, y deducción; la del período ecofisiológico, de la que resultaron tanto La fertilización de las orquídeas como otras cinco obras todavía inéditas en español (Insectivorous Plants, Climbing Plants, Crossing and Self-fertilization of Plants, Forms of Flowers y The Movements of plants), consistió principalmente en experimentación. Además de considerar a su labor botánica experimental como una forma de solaz y recreo después del esfuerzo intelectual sostenido durante el período evolucionista, en todos los resultados de sus trabajos botánicos se aprecia que encontró alivio cuando dejó de compilar datos ajenos para pasar a la observación y a la experimentación directas, sobre todo cuando estas las podía llevar a cabo en sus largos paseos en los prados, setos y bosques de su retiro rural de Down. “La naturaleza no miente”, escribía, y en campo abierto, en su jardín experimental y en su invernadero, buscaba la confirmación a las conclusiones teóricas obtenidas de su periodo anterior, en gran parte producto especulativo de su mente, que procuraba someter al contraste de la práctica.
La fecundación de las orquídeas supera las expectativas que cabría esperar de un texto técnico o de interés limitado para botánicos y naturalistas. Publicada originalmente en 1862 con el laberíntico título de Los varios ingenios mediante los cuales las orquídeas británicas y foráneas son fecundadas por insectos, es una excelente obra de divulgación y el retrato que mejor refleja al observador inquieto, meticuloso y paciente, al experimentador concienzudo, puntilloso, exhaustivo y minucioso en que se había convertido Darwin en su afanosa búsqueda de las pruebas que avalasen el inmenso trabajo que ocupaba toda su vida: la demostración de que la evolución era un hecho incontestable, y la defensa de la selección natural como el mecanismo fundamental de aquella.
S. J. Gould, en El pulgar del panda (Drakontos, 2006), identificó el tratado sobre las orquídeas como un episodio fundamental en la campaña de Darwin a favor de la evolución, porque lejos de esa perfección en el diseño que sostenían los teólogos naturales, siempre tan propensos a cantar los milagros del Creador-Ingeniero que tanto gustaba al teólogo natural William Pailey, la naturaleza avanzaba más torpemente, a la manera del “relojero ciego” de Richard Dawkins (El relojero ciego, RBA Ediciones, 2004). Por su parte, la biógrafa Janett Browne (Charles Darwin. The power of place, Princeton University Press, 2002) nos recuerda que hasta la monografía del naturalista inglés las orquídeas eran consideradas como la obra más sublime y directa de la mano de Dios, por lo que Darwin -siempre empeñado en subrayar que “los fenómenos naturales pueden ser explicados sin recurrir a los agentes sobrenaturales”, un aserto que nunca le perdonó su amigo, el capitán del Beagle, Robert FitzRoy- quiso demostrar que incluso aquellas plantas tan extraordinarias podían explicarse como resultado de una maravillosa suma de adaptaciones evolutivas. Y es que, como nos explicó Bowler (Darwin, Basil Blackwell, 1990), para Darwin era completamente inverosímil concebir un Dios que hubiera creado a todas y cada una de las especies de orquídeas y a los prodigiosos y fascinantes mecanismos con que embaucaban a los insectos que habían arteramente domeñado.
Con un lenguaje un tanto morigerado muy propio de la época, Darwin criticó a los teólogos naturales y a sus ideas creacionistas sobre el origen de las partes de las flores, es decir a la idea misma de lo que hoy llamamos “diseño inteligente”: "En un futuro no muy lejano", escribió en aquellas fechas a Hooker, "los naturalistas escucharán con sorpresa, quizás con mofa, que en tiempos anteriores hombres serios y cultivados mantuvieron que estos órganos fueron especialmente creados y dispuestos en su lugar adecuado como platos en una mesa por una mano omnipotente para completar el esquema de la naturaleza".
Esta recién nacida edición española nos lleva a comprender que La fecundación de las orquídeas fue el primero de los libros de Darwin sobre la bella sencillez de las piezas que componen la naturaleza, sobre la evolución de lo secreto y de lo aparentemente inexplicable. Porque escudriñar los prodigiosos arcanos de la naturaleza para explicar lo inexplicable, era lo que agudizaba la insaciable curiosidad de Charles Darwin.