Manuel Peinado Lorca, catedrático y director del Departamento de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá, considera que "la situación actual de nuestros ríos y humedales es dramática: junto a la desecación de la mayor parte de los segundos, quedan muy pocos ríos verdaderos en España porque las cuencas de todos ellos son cadáveres fluviales, exhaustos restos troceados de un riquísimo patrimonio natural que no sólo ha modelado paisajes y canalizado la vida, sino que también es un legado histórico".

Aquellas líneas azules de los viejos mapas

Mirar los ríos desde cumbres y oteros es ver el rostro de la creación. Desde allí, la acostumbrada perspectiva de nuestra mirada terrena se eleva y se transmuta en una comprensión íntima de los elementos, en una interpretación cosmogónica de uno de ellos, el Agua, cuyo origen coincide con la creación del mundo, a la que vemos transcurrir, innumerablemente rejuvenecida, a través de los divagantes ríos, hilos de feracidad en medio de los yermos páramos. Cuando la bulliciosa agua se amansa y se vuelve tan quieta como un espejo capturado en el lecho de un ibón, la imagen es poderosa: el agua, advertencia de la creación, nos conmueve al ver reflejados nuestros efímeros rostros junto a los milenarios pedregales de las orillas, testigos de que la quietud del agua es ilusoria: pronto caerá, imponente y ruidosa, desde la catarata arrastrando con ella la tierra, pero también la historia, que le preceden.
El agua es como el alma del paisaje, escribió Unamuno. La vida surgió del agua; por eso, cuando esos modernos zahoríes que son satélites y telescopios rastrean el Universo en busca de signos vida, en realidad no miran hacia adelante sino hacia atrás, hacia el origen de la vida, en un incesante y afanoso rastreo de nuestra gran seña de identidad cosmológica, del origen y del sostén de toda manifestación vital. El agua es, junto al fuego, uno de los espectáculos más hermosos que nos ofrece la naturaleza y uno de los componentes esenciales, quizás el más esencial de todos ellos, de la materia orgánica y de la vida. El continuo devenir del agua fluyente va más allá de lo racional porque tiene para nosotros connotaciones metafísicas: es el símbolo de la vida que sobrepasa a la nuestra, porque queremos pensar que estará siempre ahí, fecundando el cauce en una marcha imparable de actividad vital. Quedamos extasiados ante la inmensidad del mar, nos gusta verla fluir por arroyos, ríos y torrentes, acongoja ver la enormidad azul de los glaciares y de los polos, nos encanta volver a la infancia nadando, retozando o sumergiéndonos en ella en una especie de ceremonia atávica y sensual que parece devolvernos a la placidez maternal, cálida y silente del líquido amniótico que nos resguardó durante la vida prenatal. Pero hoy hemos olvidado los valores intrínsecos del agua porque diariamente, sin darnos cuenta de su valor y minusvalorando su precio, hacemos un pequeño milagro de la técnica, que no es otro que el abrir el grifo para que, dominada la bravura del agua fluvial, mane domesticada para atender una serie de actividades cotidianas de las que no podríamos prescindir.
Ese pequeño milagro tiene consecuencias del todo conocidas, sobre todo en España, un país que ostenta el récord mundial de grandes presas por kilómetro cuadrado y por persona: a cada millón de españoles le corresponden veintiocho de los más de mil doscientos grandes embalses que almacenan el agua de la escorrentía nacional. El Ebro, para el que ahora se reclama una nueva sangría hidráulica, tiene una cuenca horadada por más de doscientas presas. Esta desmesurada profusión de grandes obras ha producido beneficios pero también ha traído funestas consecuencias sociales y ambientales. La situación actual de nuestros ríos y humedales es dramática: junto a la desecación de la mayor parte de los segundos, quedan muy pocos ríos verdaderos en España porque las cuencas de todos ellos son cadáveres fluviales, exhaustos restos troceados de un riquísimo patrimonio natural que no sólo ha modelado paisajes y canalizado la vida, sino que también es el legado histórico y el referente de identidad totémico, teológico y matriarcal de gentes, pueblos y comarcas.
¿Dónde está el caudaloso y bravo Noguera de Tor, alma y vida del paisaje agreste y sobrecogedor que describió Cela, no hace ni cincuenta años, en su Viaje al Pirineo de Lérida? ¿Qué fue de aquel Tajo que excavó parameras, desfiladeros y abruptos cañones, santuarios de una vida en salvaje libertad de la que fueron héroes anónimos los gancheros que retrató José Luis Sampedro en El río que nos lleva? ¿Dónde está ese perezoso y divagante Tajo en el que Austrias y Borbones escenificaban fiestas y batallas fluviales sobre ligeros bateles que las remansadas aguas sostenían ante el pasmo de los vecinos de Aranjuez? ¿Qué fue de aquel rápido y juguetón Genil de mi niñez que, entre avellanos y robles, fluía infatigable por las duras peñas saltando en cascada de un charcón a otro, con las enormes peñas rodadas desde lo alto hasta la mitad del cauce, un río bravo de aguas rabiosas y espumajeo constante que transcurría bullicioso aislado de la vega cultivada y de sus gentes, sin que nadie hubiera llegado a dominarlo con canales, tubos y presas, con utilidades o aprovechamientos? ¿A dónde habrán ido a retozar los personajes ferlosianos que resistían el estío madrileño zambullidos en las playas del Jarama? ¿Por qué el Henares, desbaratado en el estruendo de las presas, ya no canta en la luz de los soles de plata la canción inmemorial de los molinos? Todo ello se fue, desaparecido para siempre jamás, con la ruin sensibilidad y el escaso respeto de los hombres que actúan como si la Naturaleza fuera una almoneda.
Como las diligencias o los globos aerostáticos, embalses y trasvases son herramientas técnicas del pasado que fueron vanguardistas en su momento pero que hoy, con otros instrumentos técnicos en la mano y, sobre todo, con otra concepción de la inanidad con que hemos manejado la Naturaleza y sus recursos, son insostenibles. A día de hoy, conociendo la ineficacia de los trasvases más próximos y sus destructivas consecuencias ambientales, hay que desterrar las soluciones simplistas que se han instalado cómodamente en el discurso de los trasvases manejando una retórica inconsistente y demagógica basada en expresiones faltas de rigor, entre las que sobresalen dos simplezas que algunos toman como dogmas: “el agua que los ríos tiran al mar” y “el agua es un bien escaso”. Ni el agua es un bien escaso, ni los ríos tiran nada al mar; en todo caso devolverían al mar lo que del mar han tomado porque toda el agua forma parte de un ciclo, el hidrológico, que se renueva cada siete mil lustros desde que la Tierra se enfrió hace casi cuatro mil millones de años. Los ríos son elementos esenciales en el equilibrio de todo el litoral en el que desembocan, aportando sedimentos, entre otros las arenas de las playas, y nutrientes continentales durante las periódicas crecidas primaverales, unos nutrientes que fertilizan la vida, especialmente en mares cerrados, pobres en plancton, como el Mediterráneo. Y es que la relación directa entre los aportes de agua dulce y de nutrientes de los ríos y la productividad biológica de los ecosistemas marinos está bien establecida de forma universal.
Los primeros trasvases se conocen desde hace casi tres mil años cuando Senaquerib, rey de Asiria, mandó construir el primer acueducto para abastecer su superpoblada capital, Nínive. En España, basta darse una vuelta por Segovia, por el embalse romano de Proserpina en Badajoz, por los regadíos valencianos, por los caces alpujarreños o por los ilustrados canales castellanos, para darse cuenta de la antigüedad y de la importancia que la política basada en aljibes, acequias, presas, almenaras y canales, ha tenido en nuestro país. Una política que, elevada a la categoría de trasvases, fue racionalizada y definitivamente adoptada como política de Estado, y por tanto con vocación de continuidad, durante la II República, durante la cual se planificó la construcción de un sistema de megaestructuras que el franquismo convertiría en estrella de su gestión. Desde entonces, desde los encendidos exordios falangistas o tecnocráticos de Vigón y Silva Muñoz, se articuló un discurso populista empeñado en justificar un viejo catálogo de costosísimas infraestructuras hidráulicas, y basado en términos tales como cuencas “excedentarias y deficitarias”, “agua que se tira al mar”, “ciudades que pasan sed”, “España sedienta frente a la España húmeda que moriría ahogada en su botijo”, “los campos que se mueren por falta de un agua que en otros sitios sobra o se tira al mar”, “caudal ecológico”, y otras refranescas expresiones que, como decía Thomas Mann acerca de la oratoria fascista, en su exptresiva rotundidad suenan aparentemente razonables mientras se pronuncian, pero que dejan a un lado el auténtico problema: el despilfarro y el descontrol de nuestra política de aguas que, de no enmendarse, harán insuficientes las políticas basadas en el aprovechamiento de los recursos de agua provengan estos de donde provengan.
Quienes en busca del negocio inmediato de la obra pública que pagamos entre todos alimentan el discurso catastrofista de la sed (un discurso torticeramente keynesiano que volverá a aflorar cuando los efectos de la crisis de la construcción de viviendas se dejen sentir con mayor intensidad), olvidan mencionar la irracionalidad energética y económica de los trasvases. El agua no baja por su propio peso de un sitio a otro del mapa, sino que hay que bombearla. Llevar hasta Levante un metro cúbico de agua (que, ojo, pesa una tonelada) desde la desembocadura del Ebro, exigiría más de cuatro kilovatios/hora, es decir, la energía que requeriría su bombeo desde un pozo que tuviera más de un kilómetro de profundidad.
Pero con esto voy cayendo en lo que no quería: en la consideración exclusivamente monetaria de un asunto que trasciende a lo meramente económico, porque afecta a los valores humanísticos intangibles a que me refería en el comienzo de este artículo. Y es que las líneas azules que señalaban arroyos y ríos en los entelados mapas de las viejas escuelas, eran algo más que rayas, eran la línea de separación entre lo bello y lo obsceno, entre lo civilizado y lo incivilizado, entre cultura e ignorancia, entre calidad de vida y miseria ambiental. Aquellos glaucos trazos subrayaban unos valores sociales, culturales, ecológicos y lúdicos que se han esfumado hasta tal punto que los niños de hoy no pueden valorarlos porque los desconocen o porque ven sucios y estancados albañales allí donde sus abuelos contemplaron fluyentes aguas cristalinas plenas de color y vida. Aunque sólo sea por eso, no me gustan los trasvases.