Ana de Santiago Nocito, Doctora en Medicina por la Universidad de Alcalá. Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Médico de Atención Primaria en el Centro de Salud Carmen Calzado. Profesora Honorífica de la facultad de Medicina de Alcalá. Miembro de la Comisión Nacional de Medicina Familiar y Comunitaria por el Ministerio de Educación y Directora Docente de la Cátedra Semergen de la UAH y colaboradora en publicaciones como Siete Días o Diario Médico.

 

Me casé con un chico de una ciudad provinciana y encantadora a la que mi familia se había mudado poco tiempo antes. Como él era de familia asentada, me acostumbré a ser conocida como “la mujer de…” y, sobre todo, “la nuera de…” Era lo habitual, puesto que era forastera y en esa ciudad hay un fuerte sentimiento de pertenencia: para los allí nacidos existe una clara diferencia entre los de allí y lo que llegamos de fuera. Y no es que te guste, pero te acostumbras.
Un día, el que yo llamo mi pastelero de cabecera me paró un momento y me pidió que le dijera mi nombre y mis apellidos, porque ya estaba bien de conocerme como “la nuera de…” Reconozco que ese día me sentí algo más arraigada. Después empecé a trabajar en el centro de salud más antiguo de la población, y he pasado a ser doña Ana. No habré nacido en Alcalá, pero lo quieran o no algunos de sus nativos, aporto más a la ciudad que muchos de ellos, y mi voto en las municipales vale lo mismo que el del más rancio de ellos. Porque lo que importa no es la alcurnia, sino lo que trabajas y vives en tu comunidad.
La obtención del título de médico especialista siguió en España diversos caminos hasta 1984. Ese año se adoptó el sistema de residencia en instituciones y centros sanitarios acreditados (MIR) como modelo único de formación para obtener cualquier especialidad, según el Real Decreto 127/84. Aquello hizo a España pionera en materia de coordinación de la formación en las especialidades médicas. La Comunidad Económica Europea adoptó una medida similar dos años más tarde, con la Directiva del Consejo de la Unión Europea 457/86. Para aplicar esta normativa, cada estado miembro debía definir un periodo mínimo de formación para cada una de las especialidades reconocidas en su territorio. Concretamente, para ejercer la Atención Primaria en el ámbito comunitario se marcó como norma general un mínimo de dos años de formación práctica tutelada tras haber completado los estudios de la licenciatura de Medicina. La administración española decidió que esa formación para Atención Primaria coincidiera con el programa MIR de Medicina Familiar y Comunitaria ya establecido, y así se publicó en el Diario Oficial de la Unión Europea C262/2. A partir de entonces, el sistema de residencia se ha desarrollado y consolidado en España, y nadie puede negar que ha contribuido a mejorar el nivel científico y profesional de nuestros especialistas y, con ellos, la calidad de la asistencia prestada.
La nueva legislación sobre titulaciones coincidió con un cambio profundo del sistema sanitario público. En 1984 se promulgó el Real Decreto 187/84 sobre “Estructuras Básicas de Salud” en el que se contempla la creación de los Equipos de Atención Primaria, y que fue preludio de la Ley General de Sanidad de 1986. Nacían los primeros Equipos de Atención Primaria en un momento en el que la capacidad para formar médicos de familia por el sistema MIR no bastaba para cubrir las nuevas plazas generadas. Sirva como ilustración el que diez años más tarde, en 1997, sólo 7000 médicos de familia lo eran por vía MIR. Hay que añadir a ello que en la década de los setenta las Facultades de Medicina formaron un número inusualmente elevado de licenciados, muy superior a los que el naciente sistema de residencia podía formar. Se originaba así una bolsa de médicos que no pudo acceder a la formación especializada. La demanda elevada de profesionales, junto con la oferta elevada de licenciados, llevó a que gran cantidad de ellos fuera contratada para cubrir las vacantes en los Equipos de Atención Primaria sin la titulación de especialista. Se daba así la situación de que se convertían en parte integrante de la transformación del Sistema Sanitario, y la administración reconocía de facto su capacidad para trabajar en los puestos de Médico de Equipo de Atención Primaria. Con el desempeño diario de las funciones propias de su especialidad se convirtieron en autodidactas de una formación médica especializada no reconocida por la administración, pero si explotada por ésta.
Ante la diversidad de titulaciones de los médicos de atención primaria en ejercicio y el gran número de médicos generales con experiencia trabajando en los equipos, el Gobierno desarrolló el Real Decreto 1753/1998. Mediante esta norma, de modo excepcional y manteniendo el sistema de residencia como la vía ordinaria de acceso al título de Médico Especialista, se articularon las medidas para que muchos médicos generales pudieran acceder al reconocimiento de su especialización. Se exigían más de 5 años de trabajo en instituciones públicas, 300 horas de formación acreditada en el ámbito de la atención primaria y superar una prueba de competencia (Evaluación clínica objetiva y estructurada: ECOE) El espíritu unificador pretendía así mantener la exigencia de calidad formativa demostrada por el sistema MIR. Todo esto se pudo legislar y quedó reconocido en el ámbito de la CEE gracias al amparo del artículo 35 de la Directiva 93/16/CEE, aún en vigor.
Para conseguir esa armonización de títulos, que no es otra cosa que un respaldo a la identidad real de las tareas desempeñadas, los Ministerios de Sanidad y de Educación españoles han hecho un gran esfuerzo legislativo, evaluador y desde luego económico. Cada médico que consigue la titulación por la vía ECOE le supone al erario público un coste aproximado de 420 euros. En la actualidad hay aproximadamente 4.000 especialistas por esta vía. Debemos preguntarnos si ese esfuerzo ha servido para algo. Y comoquiera que la respuesta probablemente es que no, también deberíamos preguntarnos quién es responsable de ello.
En las alegaciones de SEMERGEN al entonces proyecto de “Real Decreto por el que se determinan y clasifican las especialidades en Ciencias de la Salud y se desarrollan determinados aspectos del sistema de formación sanitaria especializada”, hoy Real Decreto 183/2008 se propuso, tras definir el título de la especialidad (artículo 3.2), añadir: “El título de especialista, por su carácter único, dará lugar a los mismos derechos y obligaciones sea cual sea la vía para su obtención.” No fue aceptada. Más aún, en ningún punto del documento se habla de titulaciones de especialista por vías diferentes de la residencia. Tal vez no existimos.
Cuando observamos los baremos de méritos en las oposiciones de las diferentes comunidades autónomas nos encontramos un error de concepto que es, cuando menos, llamativo: los títulos de la especialidad se puntúan de modo diferente según su vía de obtención. Sirva el ejemplo de las recientes oposiciones en la Comunidad de Castilla-La Mancha: los especialistas formados por el sistema de residencia y los de cualquier país de la CEE (por cualquier vía y con sólo dos años de formación especializada) obtienen 35 puntos sobre un total de 100. El resto de titulaciones, 20 puntos. Sorprende el hecho, cuando el título y su garante son el mismo. Si la comparación en titulación la llevamos a otro ámbito, el carnet de identidad, este documento que me acredita como ciudadana española tiene el mismo valor si el derecho de nacionalidad lo he obtenido por nacimiento que por matrimonio.
Demos un paso más: un especialista en Medicina Familiar y Comunitaria por la vía del Real Decreto 24/89 tiene en cualquier país de la Unión Europea la misma consideración que un especialista vía MIR, salvo en España. Es decir, en el extranjero valemos lo que en nuestra tierra no se nos reconoce. Parece ser cierto que nadie es profeta en su tierra.
¿Y qué opinamos los médicos de a pie? Creo que las diferencias que todos vivimos en los años iniciales están salvadas. Los primeros médicos de familia vía MIR avanzaron contra corriente labrándose un camino para una especialidad muchas veces no entendida por los demás compañeros, por la administración e incluso por los pacientes. Con su esfuerzo han dado prestigio y peso a una labor enorme que hoy día disfruta del reconocimiento de especialidad no por aparecer en un título, sino porque merece serlo. Los que llegamos por la vía homologada trabajamos levantando un sistema mientras nos formábamos en sus requerimientos muchas horas y con empeño. Tanto unos como otros construimos entonces y seguimos construyendo una atención primaria dinámica, resolutiva y productiva tanto en sus labores asistenciales como docentes e investigadoras. Trabajamos codo con codo y, con el esfuerzo de todos, sin diferencias. Y eso es lo que pedimos ahora: sin diferencias: Una misma titulación, una misma tarea, un mismo compromiso.