En el Día por la Erradicación de la Pobreza, José L. Machinea, director de la Cátedra Raúl Prebisch del IELAT, analiza la situación económica actual y sus consecuencias.

Entre 1981 y 2005 el número de personas viviendo la pobreza extrema (indigencia) ha disminuido en alrededor de 500 millones, la disminución de la pobreza mas importante de que se tenga memoria. Sin embargo, las razones para el optimismo basadas en estas cifras deben morigerarse considerando que:

a) Existen 1.400 millones de personas viviendo en la indigencia
b) La reducción se explica básicamente por el comportamiento de la pobreza en Asia del Este, donde ésta ha caído de 81% a 18% (330 millones de personas) en el período mencionado, ya que en el mismo período la cantidad de personas viviendo con ingresos por debajo de la línea de la pobreza casi se duplicó en Africa Sub-Sahariana y aumentó en América Latina.
c) Hay 930 millones de personas desnutridas
d) 26% de los niños menores de 5 años padecen de desnutrición en los países en desarrollo, pero esa proporción supera el 45 en Asia meridional y el 30% en África Sub- Sahariana.

Asimismo, la inequidad en la distribución del ingreso no ha disminuido, sino que por el contrario ha aumentado en gran parte del mundo en desarrollo y en varios de los países desarrollados. Un elevado nivel de desigualdad implica que gran parte de la pobreza y la desnutrición infantil resulta evitable de acuerdo al nivel de desarrollo de los países. O sea, cuando el ingreso por habitante promedio de una sociedad se ubica claramente por encima de lo requerido por un individuo para procurar los satisfactores que le permiten realizar sus derechos sociales, el hecho de que un amplio contingente de individuos no logre acceder a este conjunto de satisfactores interpela a la sociedad en su conjunto.

Si bien los puntos mencionados califican los logros en términos de disminución de la pobreza y resaltan la inequidad de las sociedades en que vivimos, no puede negarse que casi un cuarto de la población mundial que vivía en condiciones de pobreza extrema hace 25 años ha conseguido salir de esa situación.

Sin embargo, aún estos logros están amenazados por el nuevo contexto internacional. En primer lugar, la crisis producida por el aumento del precio de los alimentos y la energía amenaza aumentar, según las estimaciones del Banco Mundial, en más de 100 millones las personas viviendo con ingresos inferiores a los de la línea de la pobreza extrema. Si bien el precio de los alimentos y los productos energéticos se ha reducido en las últimas semanas sus niveles siguen siendo muy superiores a los vigentes durante los últimos años.

En segundo lugar, la crisis financiera, generada por inadecuadas regulaciones en el Norte y muy especialmente en Estados Unidos, ha hecho que la recesión en el mundo desarrollado sea casi inevitable. En América Latina, como en gran parte del mundo en desarrollo, las consecuencias son menores remesas de emigrantes latinoamericanos viviendo en los países desarrollados, menores exportaciones y crecientes dificultades para conseguir financiamiento.

O sea que la conjunción del aumento del precio de los alimentos y de la recesión mundial hace prever que parte de los logros en términos de reducción de la pobreza pueden desaparecer en poco tiempo. La recesión mundial con su impacto los países en desarrollo dificulta la puesta en marcha de medidas compensatorias, agravando la situación de los grupos más vulnerables. Como consecuencia de ello mientras en el mundo desarrollado se vive una crisis financiera originada en una irresponsable política de desregulación financiera y que asombra por la magnitud de los recursos involucrados, varios países en desarrollo están comenzando a vivir una crisis humanitaria sin recursos para hacerle frente. Una manifestación más de la inequidad que caracteriza al mundo en nuestros días.

La conmemoración del día internacional de erradicación de la pobreza es una buena oportunidad para redoblar los esfuerzos para lograr, al menos, el objetivo establecido en las metas del milenio de reducirla a la mitad en el 2015 respecto de los niveles de 1990. Sin embargo, para ello se requiere una actitud diferente en los países en desarrollo y en los países desarrollados. En los primeros se requiere de políticas que estimulen el crecimiento al tiempo que mejoren la distribución del ingreso. Respecto del mundo desarrollado, un cambio de prioridades parece necesario. Baste mencionar que el monto anual de subsidios agrícolas es aproximadamente cuatro veces mayor que la ayuda anual para el desarrollo, o que los recursos involucrados en resolver la crisis financiera pueden duplicar (¿o triplicar?) la ayuda al desarrollo de los últimos 15 años.


José Luís Machinea
Director de la Cátedra Raúl Prebisch del IELAT