El catedrático Manuel Peinado Lorca comenta len este artículo a intervención del gobierno norteamericano en las agencias hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac". «Cuando tienes un “bazoka” entre las manos, el problema es que puedes usarlo», decía The Economist el pasado mes de agosto a propósito de la ley aprobada unas semanas antes por el Congreso mediante la cual -si era necesario, no faltaba más- se autorizaba a la Casa Blanca a inyectar capital en las arcas de dos monstruos financieros, las agencias Fannie Mae y Freedie Mac, hasta ese momento garantistas del pago de la mitad de los créditos hipotecarios estadounidenses, un pastel de doce billones de dólares. Acertó. Lo que se había planteado como un instrumento de disuasión, se convirtió en un arma de inyección masiva de capital: el pasado siete de septiembre Bush apretó el gatillo para disparar doscientos mil millones de dólares en las arcas de ambas entidades.

Como los aficionados al western, espectadores hechizados por esa magia compuesta de cielos abiertos, rojos atardeceres, tierras por recorrer y casacas azules ribeteadas de amarillo, asistimos a la última cabalgada del presidente George W. Bush que, entre las nubes de polvo y los toques de corneta que acompañan a las cargas del 7º de Caballería, acude al rescate de las caravanas acosadas por los indios, transformados ahora en tiburones financieros los unos, y en hipotecas basura las otras. En el estandarte del regimiento campa orgullosa la divisa neoliberal: «Privatiza las ganancias y socializa las pérdidas». 

Como decía el descreído Ethan Edwards en Centauros del desierto: «Eso es tan cierto como que la tierra da vueltas.»
Aunque leo en algunos medios que ambas agencias eran bancos que concedían hipotecas, ni son bancos ni conceden hipotecas. Hagamos un poco de historia o, si prefieren la literatura, lean Las uvas de la ira. En las elecciones presidenciales de 1932 llegan al poder en los Estados Unidos los demócratas encabezados por Franklin Delano Roosevelt. Sus tres antecesores republicanos consecutivos, ultraliberales devotos del mercado, fueron presidentes que alentaron el crecimiento espectacular, absolutamente desregulado y literalmente salvaje, del capitalismo. Amparada por el lema «Lo que está bien para la General Motors, está bien para los Estados Unidos», aquella aparente orgía de prosperidad -«la juerga más grandiosa y ostentosa de la historia», como dijo Scott Fitzgerald-, aquel Leviatán de pies de barro que avanzaba como un huracán de riqueza dejando a su paso ochenta millones de americanos en el límite de la pobreza, tuvo su némesis terrible en octubre de 1929 con la espectacular caída de la Bolsa neoyorkina. Había comenzado la Gran Depresión. 

Un país en la miseria, con el setenta por ciento de la población empobrecida y desesperanzada, sin trabajo, sin tierras ni hogar, fue lo que heredó Roosevelt tres años después del desplome bursátil. Influido por las ideas keynesianas de estimulación estatal de la demanda, a través del New Deal Roosevelt impulsó los primeros esfuerzos para superar la crisis. Una de las medidas clave fue favorecer la adquisición de viviendas como elemento reactivador de la economía. Los bancos debían facilitar hipotecas a intereses bajos y, como el dinero era limitado incluso para ellos, se creó una agencia gubernamental, Fannie Mae, que les compraba las hipotecas para liberar caja y que pudieran seguir prestando. El procedimiento consistía (y consiste) en comprar a los bancos su cartera de hipotecas, con lo que inyectan liquidez en el sistema para que los mismos bancos puedan ofrecer más préstamos hipotecarios. Adquiridas las carteras, se fraccionan, se convierten en títulos bursátiles y se venden en el mercado secundario como bonos garantizados, una fórmula similar a la de los bonos del Tesoro, una inversión rentable y muy segura. Así, las agencias obtienen dinero con el que poder comprar los nuevos préstamos hipotecarios y vuelta a empezar. 

La cosa funcionaba tan bien que desató las apetencias de algunos. En 1968, con los republicanos de nuevo en el poder, Nixon decidió privatizar la agencia y, en 1970, para acercar más moscas al panal, creó la agencia Freeddie Mac. Ambas pasaron a ser entidades privadas patrocinadas por el Gobierno o GSE (Government Sponsored Enterprises), unas criaturas híbridas que, básicamente, consisten en ser compañías privadas, con accionistas y ánimo de lucro, pero con un objetivo de carácter público: mantener intereses bajos y oxigenar continuamente el mercado hipotecario y con ello potenciar el “efecto locomotora” de la construcción, lo que les proporciona ciertas facilidades fiscales y contables, y la garantía (implícita, que no explícita) del patrocinio del Gobierno. Crear entidades privadas con respaldo público es crear lo que en la jerga financiera se conoce como incentivos perversos, porque si eres accionista privado tiendes, obviamente, a ganar más dinero, y se gana más si arriesgas mucho, sobre todo sabiendo que las ganancias van a parar a tus bolsillos y que si los riesgos asumidos provocan pérdidas, la caballería federal, pagada por todos los contribuyentes, acabará yendo a tu rescate.

Y en esas estábamos al comienzo del Tercer Milenio. Aquello era el milagro de los panes y los peces: unas entidades que generaban beneficios públicos en forma de mayores facilidades de acceso al crédito, incremento de la demanda en sectores claves y dinamización de la economía, y beneficios privados en forma de sustanciosos y segurísimos dividendos. Para culminar aquella piedra filosofal, el negocio salía gratis, no costaba nada. Un negocio redondo donde los hubiera, o eso parecía hasta que llegó la crisis de las hipotecas basura y se demostró que los bancos estaban más interesados en vender hipotecas que en cobrar los créditos. Porque, ¿para qué necesitaban cobrar los créditos si le endosaban las pérdidas a otros? 
Por otro lado, cuando el coste tiende a cero, la demanda tiende a infinito (si duda de esta premisa, póngase a regalar sobresalientes en una asignatura optativa), por lo que los bancos captaban clientes aunque carecieran de avales sólidos, los famosos ninjas de los que me ocupé en sendos artículos el pasado mes de agosto (accesibles en www.Ideal.es). El americano medio veía sus propiedades sobrevaloradas, se creía rico y vivía por encima de sus posibilidades, optimismo cultivado por las entidades financieras que, a través de tasadores interesados, sobrevaloraban las viviendas y animaban a pedir hipotecas desorbitadas a plazos desmesurados. Seguro que os suena el tema.

Así las cosas, Fannie y Freedie, perdido el pudor y cogiditas de la mano, se adentraron en el proceloso bosque de las hipotecas basura, elevaron su deuda sin cesar, comprando más y más hipotecas y generando enormes beneficios. En la cumbre de su imparable carrera hacia ninguna parte, a comienzos de este año ambas caperucitas garantizaban hipotecas por valor de cinco billones de dólares con un capital de apenas ochenta mil millones. Con semejante estructura financiera, una variación mínima en las pérdidas estimadas es suficiente para liquidar todo el capital. La combinación del reventón de la burbuja inmobiliaria y la crisis de confianza del mercado crediticio hicieron de lobos. Las vergüenzas quedaron al aire, porque los inversores escarbaron un poco, se fijaron en su balance y las acciones se desplomaron. En julio de este año, el Congreso pensó que la “ley bazoka” a la que antes me refería sería suficiente para tranquilizar a los compradores de bonos GSE. Pero estos, cuyos colmillos es de suponer que sean retorcidos, no se fiaban, presionaron y, finalmente, obligaron a Bush a apretar el gatillo. Como siempre, el disparo es suyo, pero proyectil, metralla y pólvora se pagan a escote.

Como no podía ser menos, los mercados bursátiles, con Wall Street a la cabeza, han reaccionado con euforia ante la respuesta esperada del Tío Sam, convertido, ahora sí, en protector papá-Estado. Si antes, cuando las vacas gordas, nos decían que la interferencia de los poderes públicos en la economía nunca era positiva, ahora observamos que sesudos analistas, en nombre del «Too big to fail» valoran como sensato y digno de todo elogio el monetario cañonazo de Bush. Uno de ellos, analista de bolsa, decía que «saber cambiar de rumbo sin escrúpulos ideológicos, es el secreto de la primera economía del mundo».

Así que a alegrarse todos, que el rescate del 7º de Michigan ha sido, en realidad, un gran balón de oxígeno para la economía. Como sucede con Centauros del desierto, una película infinita, como los grandes paisajes desérticos en los que está rodada, un filme que se puede ver una y otra vez sin que pierda ni su misterio, ni su fuerza, siempre habrá espectadores dispuestos a dejarse hechizar por esa magia neoliberal compuesta de mercados abiertos, recursos por explotar y darwinismo social. Aparecerá de cuando en cuando, con toda su carga de soledad y dureza, de tristeza y amor olvidado, de tiempo perdido y nunca recuperado, como las señales de humo que advertían a las caravanas del peligro de los indios, como si no tuviéramos memoria, como si no tuviéramos historia.