Eugenio Megía tiene 61 años y 3 hijos. Cuando le llegó la prejubilación forzosa no se lo pensó 2 veces y se decidió a seguir ampliando sus conocimientos en la Universidad de mayores.

Profesor Mercantil y directivo de banca durante 45 años, cuando le obligaron a prejubilarse -“para mí, la jubilación es la muerte”, dice-, no quiso quedarse sentado en un parque “dando de comer a las palomas”, y decidió matricularse en el Ciclo de Letras para mayores de 55 (que incluye Historia, Arte y Literatura).

Una vez terminada la ampliación de estudios de Letras, se decantó por las Ciencias, de las que ya ha estudiado su diplomatura y ahora está inmerso en la ampliación de estudios. En total, 9 años de universidad, de los que dice que “no han supuesto ningún esfuerzo, porque por mi trabajo, que siempre fue intelectual, siempre he tenido la cabeza muy abierta al pensamiento, a razonar, a la toma de decisiones…”.

- ¿Cómo está siendo su experiencia en la universidad?
Gratificante mentalmente. La Universidad de Mayores es lo mejor que ha podido inventar la universidad. Es tan importante que ni ellos solos saben el valor que le han dado a la gente madura como yo. Es un renacer emocional, una vuelta a sentirte persona, útil, capacitado. Yo creo que no valoran el valor social que han hecho con volver a meter a las aulas a la gente que ha dejado la labor profesional.

-¿Qué te dijo tu familia?
Pues encantados, porque mis 3 hijos tienen varias carreras, y mi mujer fue la primera que me animó para que no me quedara en casa adormecido y dando tumbos sin saber qué hacer.

-¿Tiene alguna pega?
Mi único problema es que tengo que tener un equilibrio emocional suficiente para aceptar que ya no tengo responsabilidades en los trabajos que hago.

-¿Qué le parece el profesorado?
Es extremadamente importante la labor que hacen. No tenemos dinero ni agradecimiento suficiente para agradecer lo que hacen. Tienen que hace el esfuerzo extraordinario de sintetizar todo su conocimiento en palabras sencillas para que las pueda entender un “inculto”. Esa capacidad de transformación no tiene precio.

Eugenio además ha querido revertir lo aprendido a la sociedad, y por eso se ha hecho voluntario cultural de Madrid, y ejerce de guía en el Museo de la Ciencia de Madrid